JUNGLA ASFALTO
Autor: Borja
Con un crujido de roca triturada, la enorme torre gótica comenzó a inclinarse en un ángulo imposible, hasta que de repente se partió y cayó contra el suelo con violencia lanzando cascotes, tierra y polvo en todas direcciones. Los gigantescos edificios a su alrededor temblaron con estrépito y sus muros se agrietaron, pero permanecieron en pie impasibles a la destrucción que les rodeaba. En seguida se disipó la nube de polvo sin embargo, y el lugar de la gigantesca torre fue ocupado con rapidez por un enorme rascacielos que creció a velocidad increíble ante sus atónitos ojos. Primero brotaron y se estiraron los pilares, luego las paredes exteriores, hasta que en cuestión de minutos las cristaleras del nuevo edificio brillaban bajo la insulsa luz del estéril sol. - ¡La Jungla de Asfalto! – espetó – Y eso que me había jurado que jamás volvería a entrar en una puñetera metáfora.
Cerró con el pie la tapa de la alcantarilla por la que había salido, y se puso a caminar por el callejón camino de ninguna parte en especial. Bueno, podía haber ido a parar a sitios mucho peores. La Jungla de Asfalto no era mejor o peor de lo que podía ser por ejemplo el Reino de las Pesadillas Infantiles, Extravagancia o El Río del Lenguaje. Simplemente había que asimilar las reglas que movían el Reino y adecuarse a ellas. Por fortuna, ya había visitado antes el sitio, así que podría cruzar rápidamente y sin peligro la mayor parte del trayecto. Bastaba con entender los símiles. Siguió por el angosto callejón hasta que llegó a una calle más ancha. Era algo así como una avenida de cuatro carriles, llena de vehículos y una masa de gente caminando en ambas direcciones. - Un puñetero río. Lleno de cocodrilos. - Musitó
Siguió un rato el flujo de gente hasta que llegó a un parque. Los parques y jardines de aquel mundo eran como islas, literalmente. La marea de gente al llegar a ellos hacía como todo buen río frente a una colina: lo rodeaba. En cuanto tuvo oportunidad salió de la corriente de un salto y se puso a caminar por el césped, algo que era de agradecer. Los sonidos del parque eran radicalmente distintos al ruido de claxon y demás jarana de la ciudad, pero al igual que éstos nunca cesaban. A demás aquí había poca gente, la mayoría nada más que salpicaduras del flujo de las calles. Otros eran más curiosos, como los lanzadores de palos de los perros. ¿Por qué demonios lanzan palos a los perros continuamente? Buscó un lugar despejado de domingueros – unos horribles y sonrientes individuos empeñados en representar un remake cutre de La Casa de la Pradera – y se sentó.
